domingo, 7 de octubre de 2007

Trauma migratorio e integración

Por: Lic. Eduardo Ogian

Muchos emigran por cuestiones económicas, laborales o como víctimas de violencia política en sus países de origen. Soportan el desarraigo y el choque cultural porque aún creen que lejos de sus hogares, finalmente lograrán mejores condiciones de vida. Pero es sólo el principio... “legales” o “ilegales”, esta historia recién comienza.
“Tener una inserción coherente en la sociedad, no es lo mismo que adaptarse”. (Carlisky y Eskenazi, 1998).


A partir del fenómeno globalizador que se vive mundialmente, se encuentra en incremento el proceso migratorio, que por cuestiones económicas, laborales o coercitivas, se dirige preponderantemente hacia las ciudades. Por otro lado, en menor nivel fluye hacia áreas suburbanas, debido a los conflictos de índole social (violencia, robos) o por protección frente a la amenaza del incremento del nivel de estrés reinante en las ciudades.

Del latín “migratio”, migrar hace referencia a la acción y efecto de pasar de un país o región a otro para establecerse en él. Conceptualiza a un proceso de cambio de residencia, el cual conlleva transformaciones significativas e importantes en lo psíquico-emocional, lo cultural, lo relacional, lo laboral; es decir, que se acompaña de cambios internos y contextuales lo suficientemente importantes como para que dicha situación se plantee, para las distintas personas que se puedan sentir involucradas, como un hecho estresante de niveles variables.

Dicho de esta manera, la inmigración constituye una situación traumática en sí, debido a pérdidas de afectos, cosas, valores, lugares... importantes para su persona y a partir de ello, tiene que enfrentarse a una realidad contextual ignorada y compleja, intentando forzar a la persona a un cambio en su identidad. Grinberg y Grinberg (1971) definen a la identidad como “la resultante de un proceso de interrelación de tres vínculos de integración: espacial, temporal y social respectivamente”; así, la identidad del inmigrante sufre un proceso de transformación debido al cambio en el intercambio y complemento con la identidad de los demás.

La persona que migra se encuentra ante una crisis personal, en la cual se ven disminuidos los espacios de contención que le permitieran superarla. Así, residiendo en otro lugar, con costumbres diferentes, muchas veces se ve enfrentado a dos opciones, la de tener que adaptarse coercitivamente a las costumbres del lugar o el de permanecer con las costumbres con las que creció a los fines de evitar el estrés de gran nivel que significaría perder lo que lo identifica como persona, en una empresa en la cual muchas veces lo deja aislado en el camino.

Uno de los ejemplos puntuales en Punta Alta, es el de los matrimonios que migraron a la ciudad desde otra región del país. Los maridos se ausentaban por el término de algunos meses por cuestiones laborales y sus esposas permanecían solas en un lugar desconocido, lejos de su familia de origen. Esto desencadenaba síndromes depresivos, trastornos de ansiedad y/o de angustia, evidenciando el vacío que vulnerabiliza a partir de las diversas pérdidas y el encuentro con la incertidumbre que despierta un nuevo lugar de residencia.

La vulnerabilidad que incide en la traumatización de la persona depende también de la estabilidad de su estructura psíquica, de sus estrategias de resolución de problemas y sus habilidades sociales, incidiendo también las condiciones externas en donde se contextualiza la migración y determinando así el nivel de consecuencias emocionales.

Así como también existen diferencias en el migrar con objetivos de superación (que hacerlo por apremios que empujan a la migración desde el padecimiento en el lugar de origen), no es lo mismo la posibilidad de integración de una persona con esquemas rígidos, que flexibles.

En algunas ciudades convergen diversas culturas de distintos países y de distintas regiones del país. Algunas personas que se establecieron en estas ciudades y cuya procedencia fueron países extranjeros con culturas radicalmente diferentes, se encontraron con choques culturales tan extremos, que fue muy complicada la integración, tanto para el inmigrante como para los residentes. Para el inmigrante, por las carencias en el espectro mencionado y para el residente, por miedo a lo diferente.

A partir del encuentro entre culturas, algunos “inmigrantes mimetizados se esfuerzan en moldear a sus hijos” de acuerdo con la cultura residente, a los fines de no sentir la discriminación a través de ellos. Otros, ante la “imposibilidad de elaborar el duelo por los objetos y partes del self perdidos por la migración, que suelen originar la aparición de sentimientos penosos como la nostalgia y, junto con estos, es frecuente observar en los inmigrantes la excesiva idealización de lo perdido, acompañada, muchas veces, de la denigración del nuevo lugar de residencia.” (Carlisky, Kijak 1989). Sin embargo, esto se ve en una escala muy ínfima; cuando el encuentro integrador fracasó, generalmente se viven sentimientos embargados de insatisfacción y desrealización casi permanentes.

En este contexto, también se dan situaciones de discriminación. Cuando a partir de la amenaza de lo diferente, se sobrevaloran las costumbres propias en detrimento de las del inmigrante o el residente, aumenta la distancia comunicacional y se dificulta aún más la integración.

A pesar de todo ello, la discriminación no es más que la dificultad que presenta una persona para desarrollar sus propios potenciales, ya que ocuparse de otro, no le deja suficiente espacio para su propio crecimiento. (Esto se presenta muchas veces en personas que no han podido desarrollarse debido a ciertos temores en el difícil encuentro que un ser humano puede tener consigo mismo, con sus defectos y virtudes). Lo cual es un gran problema si consideramos que los intercambios -tanto pluriculturales, como el de los distintos intelectuales de diversas disciplinas científicas, razas, credos, ideas- fueron las vías que más enriquecieron a la humanidad a lo largo de todas las eras.

Una de las formas que pueden viabilizar la integración desde las instituciones residentes, es el apoyo a todas aquellas instituciones intermedias, promoviendo espacios culturales que estimulen la expresión cultural. También, abriendo canales a través de los cuales puedan emerger socialmente contenidos y aspectos del duelo de lo perdido por el migrante.

Muchas veces éstas pérdidas no se asumen en forma de duelo a elaborar, sino que se desenvuelven a través de conductas maníacas: negando el malestar, “adaptándose” al nuevo régimen... pero “tener una inserción coherente en la sociedad, no es lo mismo que adaptarse”(Carlisky y Eskenazi, 1998). Integrarse, implica una inserción en la nueva morada desde las capacidades y valores individuales que, desde un intercambio, potencia la posibilidad de enriquecerse y enriquecer las relaciones en el lugar donde iría a desarrollar su crecimiento personal y familiar.

Existen ciudades más dinámicas que otras en lo que respecta a movimientos migratorios; el poder comprender la magnitud y funcionamiento de estos procesos en cada sociedad permite visualizar los mecanismos que éstas deben poner en acción para que esa fluctuación se perfile actitudinalmente integrativa, respetuosa, tolerante y, por ende, promotora de salud mental y crecimiento personal.

Hallarse en un nuevo “hogar”, entonces, es fruto de un crecimiento trabajoso. Lograrlo, permite perfilar el proyecto de futuro que se cimienta en una historia personal teñida de cambios, con un presente en el que se vislumbre la satisfacción (sentir que es suyo su tiempo, su espacio y el grupo de pertenencia). Este es el ejemplo de muchos de nuestros antecesores, que construyeron la base fundamental de nuestra cultura.